Internacional.- Lo que comenzó como una relación de apoyo y colaboración estratégica durante la administración de Donald Trump, ha evolucionado en los últimos años hacia un distanciamiento marcado por críticas públicas y posturas encontradas.
Elon Musk, CEO de Tesla, SpaceX y dueño de la red social X (antes Twitter), pasó de ser un aliado político y económico del presidente a convertirse en una figura que ha desafiado abiertamente algunas de sus posturas.
Durante el gobierno de Trump, Musk fue invitado a participar en consejos empresariales y económicos, colaborando en iniciativas vinculadas al desarrollo tecnológico y la desregulación industrial. Aunque mantenía diferencias con el entonces presidente —en particular sobre temas como el cambio climático—, ambos compartían un enfoque favorable a la reducción de restricciones para los negocios y a la promoción de la innovación privada.
El punto de quiebre comenzó a evidenciarse tras la salida de Trump de la Casa Blanca y su veto de redes sociales, luego del asalto al Capitolio en enero de 2021. Musk criticó la censura en plataformas digitales, pero también se distanció del discurso polarizante del expresidente.
La tensión aumentó cuando Musk adquirió Twitter en 2022 y permitió el regreso de Trump a la plataforma, aunque aclaró que él mismo no apoyaría activamente su retorno al poder. Posteriormente, Trump criticó a Musk llamándolo un “otro genio falso” y asegurando que sin su respaldo gubernamental, empresas como Tesla no habrían prosperado. Musk respondió afirmando que ya era momento de que Trump “se hiciera a un lado”.
Hoy, la relación entre ambos refleja no solo una ruptura personal, sino también un conflicto entre dos visiones de liderazgo: una ligada al populismo político y otra al tecnoliberalismo empresarial. Mientras Trump busca regresar a la presidencia en 2024, Musk ha optado por una postura ambigua en la arena política, acercándose en algunos temas a posturas conservadoras, pero evitando respaldos directos.
La historia entre Musk y Trump ilustra cómo las alianzas entre poder político y poder empresarial pueden transformarse rápidamente en rivalidades cuando los intereses ya no convergen.

