Internacional. – Mao les envió armas y muchos de sus líderes -entre ellos el actual presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás- estudiaron en Moscú.
Pero en los últimos tiempos, especialmente desde el estallido de la guerra en Gaza hace casi un año, Pekín y Moscú han ido tomando posiciones en un nuevo e insólito papel: el de mediadores en el conflicto entre Israel y los palestinos.
El pasado mes de julio, en la capital china, Hamás, Fatah y otra decena de facciones palestinas firmaron un incipiente acuerdo para formar un “gobierno interino de reconciliación nacional” que administre Gaza una vez finalice la guerra.
Tanto China como Rusia mantienen relaciones con todos los actores involucrados en la región, como Irán, Siria o Turquía. Y, a diferencia de Estados Unidos, que considera a Hamás una organización terrorista -lo que le impide entablar conversaciones con ellos-, ni Pekín ni Moscú tienen problema alguno en invitarlos a dialogar.
Más allá de si esa mediación tendrá algún resultado tangible -los expertos consultados por la BBC lo consideran improbable-, la pregunta que muchos se plantean es qué buscan chinos y rusos con estas intervenciones.
Los palestinos no tienen petróleo ni recursos naturales importantes. No son una potencia regional y está muy lejos de las esferas de influencia de estas dos superpotencias y de los territorios que cada una de ellas considera estratégicos.
Entonces, ¿qué ganan involucrándose en uno de los conflictos internacionales más difíciles de resolver?
Principalmente, dos objetivos: obtener influencia internacional y contrarrestar el peso de Estados Unidos y Occidente en el mundo.
De Mao a Xi Jinping
Desde la proclamación de la República Popular China en 1949, el gigante asiático siempre ha simpatizado con la causa palestina.
Su fundador, Mao Zedong, percibía a Israel desde la misma óptica con la que veía a Taiwán: como una base del imperialismo occidental que había sido implantada en la región para mantener bajo control a los posibles críticos del orden internacional impuesto por Washington.
La narrativa antioccidental y anticolonial de esa nueva China “veía reflejada su propia experiencia en el sufrimiento palestino”, explica a BBC Mundo Ahmed Aboudouh, investigador de Chatham House.
Aquello que el Partido Comunista de China había llamado el ‘siglo de la humillación’, que empezó con las Guerras del Opio en el siglo XIX hasta la llegada al poder de Mao, ahora lo padecían los palestinos.
El respaldo, además, no se quedó en la retórica. Mao, que apoyó movimientos de liberación en todo el mundo, mandó armas a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), e influyó ampliamente en su pensamiento.
La política exterior china cambió, sin embargo, con la llegada al poder de Deng Xaoping en 1978 y su “enriquecerse es glorioso”.
Para poner en marcha su visión de una economía socialista de mercado, China tenía que reformarse y abrirse al mundo, y para ello tenía que pasar de la ideología al pragmatismo. En lugar de apoyar a actores no estatales, a China le interesaba ampliar sus relaciones diplomáticas con las grandes y medianas potencias del mundo.
La llegada de Xi Jinping a la presidencia en 2012 cambia las cosas, apunta Aboudouh.
Xi reincorpora un componente ideológico a su política exterior, pero siempre para servir a los intereses prácticos de China. Y el conflicto entre Israel y Palestina encarna a la perfección este enfoque.
De Stalin a Putin
La relación de Rusia con los palestinos comienza de forma un poco diferente.
Cuando Israel proclamó su independencia en 1948, la Unión Soviética, bajo el mando de Josef Stalin, fue uno de los primero países del mundo en reconocerlo.
“En aquel momento, Israel parecía tener inclinaciones socialistas, mientras que sus vecinos seguían siendo colonias europeas”, explica a BBC Mundo Mark Katz, profesor emérito de Gobierno y Política en la Universidad George Mason.

