Internacional. – “Me rodearon durante el receso, serían unas seis o siete compañeras de clase. Habían inventado una canción, una rima fea con mi apellido, y la coreaban mientras yo trataba de apartarlas con los codos”.
Amelia Singh Netervala tiene hoy 89 años, pero el tiempo no ha borrado el doloroso recuerdo de aquella escena vivida en el patio del colegio, cuando cursaba tercero de primaria en una zona rural al sur de Phoenix, en Arizona (suroeste de EE.UU.).
“Son cosas que te quedan dentro para siempre”, le dice a BBC Mundo en su casa en un barrio del oeste de Los Ángeles, en California.
“No tuve ninguna amiga mexicana. Nunca me aceptaron”, añade, para dejar claro que no solo era diferente a ojos de la población blanca, sino también a los de la minoría predominante.
De Punyab a San Francisco
Entre finales del siglo XIX y principios del XX llegaron a los puertos de la costa oeste estadounidense cientos de hombres desde Punyab, en aquel entonces —y hasta 1947— provincia bajo control británico, hoy región dividida entre India y Pakistán.
No fueron los primeros inmigrantes procedentes de Asia; seguían la estela de los pioneros chinos, japoneses, coreanos y filipinos, una “mano de obra barata que hizo posible el inicio y el desarrollo de la agroindustria a gran escala”, sobre todo de California.
Así lo explica Karen Leonard, profesora retirada de Antropología en la Universidad de California en Irvine, en su libro Making Ethnic Choices: California’s Punjabi Mexican Americans (“Tomando decisiones étnicas: los punjabíes mexicano-estadounidenses de California”, 1994).
Expertos en labores de campo, los punyabíes se adaptaron rápidamente a la vida en las comunidades rurales y se establecieron principalmente en el valle Imperial de California, al este de San Diego, una zona fronteriza con México.
Otrora desierto, el desvío del agua del río Colorado y un innovador sistema de regadío, el más ambicioso del hemisferio, habían convertido este valle en una fértil cuenca.
Desde allí, algunos siguieron las rutas que marcaban las cosechas hacia el norte del estado, echando raíces en los alrededores de Yuba City o Fresno. Otros, los menos, cruzaron hacia la vecina Arizona, Nuevo México, Utah o Texas, donde se asentó el padre de Amelia, quien había desembarcado en 1906 junto con su hermano en San Francisco.
Pero a pesar de sus múltiples habilidades, estos recién llegados no siempre fueron recibidos con los brazos abiertos.
En 1909 un supervisor de la Comisión Federal de Inmigración los describió, según recoge Leonard en su libro, como “los menos deseables o, mejor, los más indeseables de todas las razas asiáticas que jamás pisaron nuestro suelo”.
“El hindú y sus hábitos y por qué se le debería prohibir de inmediato desembarcar en California”, decía el titular de un artículo publicado en 1910 por el diario local Holtville Tribune.
Lo de “hindú” no hacía referencia a su religión, ya que la mayoría de estos hombres eran seguidores del sijismo, sino a Indostán, el nombre histórico de la región del subcontinente indio que comprendía a las actuales India, Pakistán, Bangladesh, Sri Lanka, Maldivas, Bután y Nepal.
Ese mensaje lo repetía una década después, en 1920, un reporte de la Junta de Control Estatal de California: “Su falta de higiene personal, su baja moral y su adhesión ciega a teorías y enseñanzas tan completamente repugnantes a los principios estadounidenses lo hacen inadecuado para asociarse con el pueblo estadounidense”.
“Al poco de llegar al país mi padre se afeitó la barba, se cortó su largo pelo y se quitó el turbante”, una decisión que tomaron muchos sij para sortear los señalamientos, explica Amelia — “cabeza de trapo”, les llamaban—. “No así mi tío, quien se mantuvo como un verdadero sij durante toda su vida”.
Pero la discriminación no fue solo de palabra. También se encontraron con espacios públicos segregados -como escuelas, restaurantes, hoteles, teatros y piscinas municipales-, con “sectores para extranjeros” en poblados y ciudades, y con leyes que limitaron sus posibilidades de moverse libremente o desarrollarse en el país.
Es el caso de la Ley de Tierras para Extranjeros de California de 1913, que prohibía adquirir en propiedad o arrendar terrenos a los forasteros que no podían aspirar a la ciudadanía, entre ellos los chinos, japoneses, coreanos y los llegados del Punyab.
Se trató de una norma que muchos lograron sortear a base de contactos, la creación de asociaciones, el uso de prestanombres y otras maniobras.
En 1917, la Ley de Inmigración cerró las puertas a aquellos procedentes de Asia y el Pacífico.
Con ello, quienes habían dejado atrás a esposas e hijos con la esperanza de traerlos a EE.UU. algún día, tuvieron que elegir entre visitarlos y arriesgarse a no poder entrar de nuevo al país, o quedarse y no volverlos a ver.
Algunos optaron por regresa y otros por intentar construir una nueva vida en la nación que los había acogido.
Matrimonios mixtos
Era una época en la que las leyes no solo establecían quién podía entrar al país o tener propiedades, sino también con quién uno podía casarse.
De hecho, el matrimonio interracial no fue legal en todos los estados de EE.UU. hasta después de un fallo de 1967 de la Corte Suprema, que consideró inconstitucionales las llamadas leyes “antimestizaje”.
Así que aquellos primeros inmigrantes, ante la falta de compatriotas en el país entre las que buscar esposa y la imposibilidad de casarse con mujeres blancas o de estirpe anglosajona, empezaron a intimar con estadounidenses de ascendencia mexicana o con mujeres que habían llegado de México a trabajar, como ellos, en el campo y en las granjas100

