Internacional.- Andrew Goodsell llama «su casa» a su pequeña carpa naranja, que está instalada sobre un pedazo de grama en el centro de Halifax, en Canadá, desde hace más de un año.
A finales de octubre, sentado cerca de su improvisada vivienda, Goodsell describe la vida en el campamento donde reside junto a otra docena de personas como «deprimente».
«Un día me desperté en un área donde no quería estar», señala Goodsell, mientras a su lado corre un torrente de vehículos.
«Prefiero despertarme en un lugar donde pueda darme una ducha y pueda hacerme algo de comer. Pero aún así, debo levantarme de la cama», añade.
Goodsell, de 37 años, lleva casi una década sin un hogar.
Alguna vez pudo pagar un alojamiento cuando trabajaba como profesor de surf, pero con los altos precios de los alquileres en Halifax no tiene manera de costearse una vivienda.
Su campamento es uno de los nueve sitios escogidos por la ciudad en los que la gente sin casa puede acampar de manera legal.
Estos lugares fueron aprobados a mitad de año como una solución temporal pero necesaria, debido a que los refugios estaban a su máxima capacidad.
Esta política ha sido adoptada por al menos otro gobierno local en Canadá y está siendo considerada por otras ciudades cercanas, debido al aumento del número de personas sin hogar.

