Mi paciente Estelita, resultó que ya estaba muerta

hihuahua. – Era la primera vez que la veía yo en las visitas que efectuaba a aquella institución. Fue ella quien me llamó a mi paso por el corredor. “¡Doctor, doctor!”, me requirió con aquella voz grave y gutural, voz mustia de mujer desgastada por el cúmulo de tanta existencia.

Debía ser muy vieja. Me sorprendí por el aspecto como de tronco nudoso, de su piel.

“Es que me caí de la silla de ruedas desde antier, y no me he curado con nada, doctor”, me dijo la anciana de aquel cuarto del albergue. El ojo se le veía mal, hinchados los párpados con una aparente infección, más una lesión al parecer del hueso de la mejilla, así que procedí a examinarla.

La enfermera se me quedó viendo como si estuviera yo loco y no me respondía nada. Estaba ya repitiéndole las indicaciones, cuando ella me paró en seco: “Doctor, es que no puede ser, porque Estelita lleva casi medio año de muerta”.

“Debe ser un error”, repliqué.

Me sentí como un idiota cuando la enfermera me llevó al privado 33 y lo abrió delante de mí, y ahí no había nada, excepto una cama fría y un velicito con las pertenencias de Estelita. Como nadie había ocupado el cuartito todavía, en la mesita estaba recargado el retrato de la anciana, el mismo que había visto yo en cada una de las sesiones con mi amiga centenaria.

Ya no quise quedar en ridículo, y no le conté a la enfermera que a la anciana la había yo atendido por lo menos unas siete semanas seguidas, cada miércoles sin falta.